Desearte, lo opuesto al arte

Revista cultural digital

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Historia de una locura

Publicado por desearte en Noviembre 17, 2006

Nací en Riudellots de
la Selva, a la orilla clara de un río contaminado, en un verano sin sol ni calor de hace un tiempo. Un día sin luna quise viajar. Llegué a Barcelona y lo primero que hice fue hacerme comercial de calcetines de lujo, de aquellos ribeteados con dos raquetas de tenis cruzadas como una hoz y un martillo que en aquel entonces, aunque parezca mentira, estaban de moda, algo exquisito, indigno de cualquier pie por muy comunista que fuera. Viajé por toda Catalunya con un SEAT Ritmo que era un tanque de ojos saltones y un Hotel. Me sacaba un buen sueldo extra renunciando a dormir en camas y haciendo falsas facturas que cobraba a precios meridianamente inusitados. En mis largos paseos perdidos por tanto pueblos iba inventando situaciones que nunca se dieron. Amé sin medida a mujeres que nunca existieron pero que vi guiñándome el ojo desde las cunetas de las carreteras. Me enamoré de mi imaginación en cualquier espigón en el que dormía; luz de luna, silueta de coche-tanque-cuadrado, hasta las ruedas eran cuadradas, y yo dentro llorando de soledad y amor de imágenes con las que me quedaba dormido, envueltas en mis manos que acariciaban el aire viciado del interior del coche, acariciando pechos de cristal. Mientras rompían las olas.Pasé ese verano en Port del Mar, en uno de los viajes pude descubrir un precioso y aislado apartamento al borde del mar, el precio rondaba el dinero que había escatimado a mi decrépito jefe en hoteles a lo largo de los tres meses precedentes, era un chollo. Allí estaría todo el largo y aún soleado septiembre. En esa época es cuando me obsesioné con el rumor por el que Picasso con peluca veraneaba con Dalí en un chalet de la zona. Me pasaba horas buscando esa posibilidad y en cada casa creí verlo. Una vez a lo lejos, intuí en una terraza espectacular, en una tarde de esas aceleradas de finales de varano una reluciente gran cabeza calva con una camiseta a rayas llamó mi excitada atención obsesiva. Me acerqué gateando y excitado para poder ver mejor a ese símbolo vivo. Cuando llegué al lugar pensé que ambos estaban muertos hacía años y que aquello era una sombrilla solapada con una farola de globo y que Picasso estaba por allí con una peluca de incógnito y no meciendo su calva al viento de la tramuntana. Me vi agachado y reí, recuperé la cordura y la verticalidad un poco y cayó la noche y septiembre pasó y Picasso se me olvidó. En Port del Mar dejé un mes difuso, a medias entre una locura superficial y una verdad profunda. En Praga, al año siguiente, en enero, creo, pasé dos meses perdido de hostal en hostal creyéndome Kafka, creí estar relatado cíclicamente en un cuento que se me multiplicaba en mi imaginación, relato corto, “la condena”, que, en principio no debía de dar mucha mecha para buscarle las vueltas de tuerca más absurdas. No dejaba de dramatizar el diálogo con mi moribundo padre y lo veía insinuándose con sus partes impúdicas al aire, insultándome con desdén, diciéndome que mi amigo de San Petesburgo era fruto de mi imaginación hasta que al final me di cuenta que también lo era él. Pensé que mi padre había muerto muchos años antes de que yo naciese. De todas formas resultó que salía a las calles de Praga en aquel invierno de espanto, brumoso y tétrico, cuando la ciudad no era aún un parque de atracciones, vestido de negro, con un sombrero calado. Incluso mis orejas crecieron y se me alargó la cara. Enviaba cartas a una dirección de San Petesburgo en las que inventaba una vida entera. Al no encontrar mi identidad me acogí a la de Franz, me convertí en un escuálido injerto sin personalidad. Casi fui cucaracha. Durante unos días pensé en irme a Los Ángeles donde estaba seguro de encontrara a Adorno, Marcuse y Thoman Mann. Corría el año 41 y los nazis estaban al acecho de la cruz de David de mi raída gabardina. Conocí a S. de Mello, poetisa portuguesa en el exilio salazarista. Me contó un secreto; que se pasaba el día recitándose sus propios poemas y en silencio, como un rapsoda los variaba y mejoraba. Su obsesión hacía de ella una susurrante recitadora que por una cerveza te silbaba uno de sus poemas al oído. Un día me enamoré de uno de sus poemas y quise visitar Lisboa.

Lisboa com seu nome de ser e de não-ser
Com seus meandros de espanto e insônia e lata
E seu secreto rebrilhar de coisa de teatro
Seu conivente sorrir de intriga e máscara
Enquanto o largo mar a Ocidente se dilata
Lisboa oscilando como uma grande barca
Lisboa cruelmente construída ao longo da sua própria
ausencia.”

S. tenía alergia al Möet Chandon, en cuanto lo bebía le salían unas ronchas espectrales en la piel, se le hinchaba la cara y le costaba respirar, en su ahogo los ojos se le bañaban en lágrimas, pero lo más delirante y gracioso es que se le dibujaba una sonrisa en la cara y seguía bebiendo. Disfrutaba de aquel drama con delicadeza. Ni una queja. Decía que le daba un cuelgue muy limpio y además le salía barato, huelga decir que seguramente le parecería lo más de lo más tener alergia a una de las mejores marcas de champán. Era aristócrata como una diva e impostaba a una baronesa empobrecida adrede para no aburrirse en su palacio. Sus ojos saltones y su cuello de cisne, sus manos finas y limpias, blancas, me tocaron levemente durante un suspiro y ya nunca la olvidé.Durante mis últimas semanas en Praga me dio por una de mis estereotipias. Nunca la soporté, era una repetidísima manía que consistía en saludar como si acabase de terminar mi gran aria, pero no lo evitaba, en mi barroca e insolente mímica creía ser un divo como de Mello. Acabé teniendo urticaria en las sienes cuando bebía un buen cava catalán, yo siempre fui un plebeyo y muy de mi terruñera patria.En Londres, creo que fue para abril, cuando las aguas mil, sobretodo en la ribera del Támesis, decidí prostituirme, por pura necesidad, pero más por lascivia y perversión. Cobraba poco, casi nada, sin embargo, un poco por vergüenza un poco por pena cobraba algo. A aquellas señoras que mejor me caían, a Sara por ejemplo, se lo hacía gratis a cambio de que durmiese abrazado a mí. Por el día intentaba escribir hasta que me dio por espiar a mis espías. Sin duda me estaban persiguiendo, yo sabía cosas, no en balde era el descendiente directo de Jesucristo y María de la O. Maldije, al recuperarme, a los malos libros de pretendidos misterios zafios y mis disociadas mezclas mentales, porque no se puede hablar de mala literatura cuando una serie de escritos no pueden pasar más que por un libro. Acabé parándome en las zapaterías viendo en cada hueco de cada zapato un grito de terror angustioso, no podía apartar la vista de aquello a no ser que me viese reflejado en le cristal, entonces era peor, porque miraba intermitentemente mis dos perfiles y el izquierdo, para mi horror, era el de mi padre. Quise arrancarme ese trozo de cara en un episodio cerca de el Soho del que prefiero olvidarme. Vagabundeé en mayo, con sayo y cruzando el Támesis andando, di la bula eterna a los transeúntes con corbata roja; recluido en los recovecos de los portales de los que con las primeras luces era expulsado a puntapiés busqué un imposible. Me dijeron, ya en junio, que me habían ingresado porque desde una terraza a veinte metros del suelo me pasé horas desnudo, brazos en cruz, media cara arrancada y un corte en el pecho, preguntándole a papá porque me había hecho aquello, como respuesta me encasquetaron una camisa de fuerza y un tranquilizante de caballo con el que dormí treinta horas seguidas, pero ya me daba igual porque el tiempo ya había dejado de existir para mi de aquella forma en que se considera, en general, normal. Me rescató del sanatorio Margarita. Al salir no pude entender que hacía en Moscú, no pude evitar enamorarme, por culpa de ese maldito tic que tengo, de los ojos lánguidos de Margot. Me llamaban Maestro. Pero eso es otro libro y otra historia y ya está escrita.

Publicado en Creadores, Raúl Matas | 1 comentario

La puta conocida

Publicado por desearte en Noviembre 17, 2006

Más de cuatro años en la facultad de ciencias le habían familiarizado con todo el personal del bar aunque recuerda lo tímido que era antes de llegar a la universidad. Ese mundillo donde el tiempo transcurre a la misma velocidad que en el resto de los ámbitos sociales aunque las inquietudes políticas y culturales parecen desarrollarse como si de otra dimensión se tratase. Una dimensión alejada de la vida real donde se configuran ideas para crear un mundo perfecto. En ese ambiente junto con los colegas de clase y los conocidos de las asambleas, David pasó a ser un muchacho bastante extrovertido. Mientras deambulaba por el bar y se dejaba caer de vez en cuando por alguna que otra clase vivía el presente como le venía, sin preocuparse jamás por las cosas del futuro. Sin darse cuenta el futuro que nunca había valorado se le presentó de manera fulminante el día que dejó de ser alumno en esa facultad. David, a sus veintitrés añitos ya era todo un Señor Licenciado en Biología por
la Universidad Autónoma de Barcelona. Era el momento de pensar lo que realmente quería hacer en su vida. Biología era algo que siempre le había gustado pero sabía que su futuro laboral no tendría ninguna relación con la disciplina que había estudiado. Nunca quiso relacionar aquellas cosas que le apasionaban con la obligación, que siempre había supuesto, el hecho de tener que ganar dinero. Por lo menos en una familia obrera como la suya. Sus padres estaban muy orgullosos de David porque era el primer Licenciado de toda la familia y pensaban que de esa manera su hijo tenía el futuro asegurado. Pese a las ilusiones que su familia había depositado en él, David continuaba fregando platos los fines de semana en una de las cafeterías del centro de su ciudad. Durante la carrera éste había sido su trabajo y su principal fuente de recursos económicos aunque no siempre trabajó en el mismo lugar. Ésta era la cuarta cafetería en la que trabajaba. Ahora que no estudiaba tenía más tiempo para sus cosas, más tiempo para no hacer nada. Pensar era algo que no le gustaba hacer con frecuencia aunque sin quererlo era la actividad que más ocupaba su tiempo. Se encontraba en un estadio pensativo de su vida que muchos habrían calificado como un estadio de espiritualidad. Él prefería afirmar que estaba en
la Metafisica. A veces en el trabajo bromeaba sobre esta situación aunque algunos de sus compañeros no le comprendían.Muchas horas por delante sin tener nada serio que hacer o por, lo menos nada que fuera económicamente provechoso. Nunca se había planteado la posibilidad de alcanzar la felicidad en la vida gracias a un buen trabajo en el que pudiera desarrollar algunas de sus inquietudes. En este sentido no consideraba los trabajos que realizaba en la hosteleria como un obstáculo para su desarrollo personal. Ni siquiera la mala ostia de los encargados con los que había topado le habían hecho plantearse alguna de estas cuestiones. Ese tipo de faenas servían para alimentar una de las características más notables en la personalidad de David. Se trata de su gran curiosidad respecto a la vida de las otras personas, sobre todo si son desconocidas. Patear la cafetería durante horas recogiendo :las mesas sucias es una actividad muy jugosa para un curioso como David. Mientras trabajaba veía a varios centenares de personas al día, también escuchaba algunas de sus conversaciones. En más de una ocasión había sido capaz de percibir y entender hasta tres conversaciones diferentes al mismo tiempo. Sobre todo le interesaban las conversaciones de mujeres. Llegó a la conclusión de que las mujeres, por regla general y atendiendo a su experiencia voyeresca en las cafeterías, eran capaces de articular el doble de palabras en sus conversaciones que los hombres. Además también percibió que generalmente eran más extensas. La curiosidad de David por saber cosas de personas desconocidas traspasó los límites fisicos de su lugar de trabajo un día que se dirigía hacia la facultad para ver a los compañeros de
la UAB. Como siempre iba conduciendo su “fiesta” azul, aunque tenía casi quince años se encontraba en perfectas condiciones. Cuando se 10 compró a un conocido que vivía en la calle de atrás a la suya, el cuentakilómetros del ford no sumaba los veinte mil kilómetros. Para David fue una gran satisfacción poder conducir un coche de once años de antigüedad completamente nuevo tanto de motor como de carrocería. Sin habérselo propuesto tenía en su propiedad un auténtico serie limitada, con unas de características que lo hacían único, pocos coches fabricados en el siglo XXI marcan como velocidad máxima los ciento sesenta kilómetros por hora y en realidad no resisten con comodidad una velocidad de ciento veinte.Ese día David la vio por primera vez en la cuneta de la carretera comarcal que conecta Sabadell con Bellaterra. Durante los cuatro años y pico de carrera David siempre realizó el mismo trayecto de ida y vuelta entre la casa de sus padres y la facultad y nunca había percibido la presencia de prostitutas en esa zona de la ciudad. La verdad es que el primer día sólo visualizó a una de ellas. El aspecto de esa primera puta observada por David le llamó mucho la atención aunque no sabía explicarse asimismo las causas de la atracción que aquella mujer había despertado en él. La” semana siguiente descubrió que en aquel mismo lugar había una nueva mujer trabajando. Esta vez fue a la universidad para apuntarse al servicio de bolsa de trabajo. Aunque no le obsesionaba la idea de cambiar de trabajo empezaba a estar harto de los trabajos en cafeterías, leresultaban excesivamente mecánicos. Hasta el momento habían salvado ese aspecto de su trabajo las conversaciones ajenas que escuchaba.

David se empezó a obsesionar con el rostro de aquella mujer que había visto en la cuneta dos semanas atrás. Intento establecer a ojo su edad, primero le pareció que debía tener unos treinta años. Las ropas que vestía además de ser muy llamativas, debido al oficio, rejuvenecían su aspecto y mostraban una silueta envidiable para cualquier chica de unos veinte años. Sin embargo el rostro de aquella mujer era lo que delataba en ella una edad más avanzada. La tercera semana David encontró una de las causas que explicarían la atracción que sentía por aquella señora. Se trata de una característica muy peculiar que define y resume el busto de aquella señora; las proporciones alargadas de su cara y cuello le recordaban a las mujeres retratadas por Modigliani. David quedó fascinado por los cuadros y la vida del artista italiano. Por este motivo decidió bautizar con el nombre de Jeanne a la que, en ese mismo momento, pasaría a formar parte de su reducido número de amistades imaginarias. Decidió ese nombre como un homenaje a la que fue compañera sentimental de Amadeo, Jeanne Hebuterne. Tras afirmar en su interior la nueva amistad con Jeanne, David empezó a visitarla diariamente pero siempre desde su coche. Una manera un tanto anómala de visitar, pero no menos importante si tenemos en cuenta que ese mínimo contacto visual le era útil para regar y afianzar su amistad imaginaria. Lo mismo que se suele decir para el amor, en este caso sirve para la imaginación, “hay que regarla día a día para que no se muera”. Estas visitas transcurrieron durante tres semanas más, David empezó a aburrirse. Optó por una forma de contacto que por lo menos tuviera posibilidades de reciprocidad. Al principio pensó en la más sencilla: hacerse pasar por un cliente y propiciar un momento para explicarle la fascinación que sentía por ella. Rechazó este procedimiento porque,. David siempre había pensado que la amistad no se podía ensuciar con mentiras.De la percepción visual pasó a la comunicación escrita. Esta fue su segunda opción. A diferencia de otros lugares, la jornada laboral de Jeanne y su compañera era diurna, de modo que a partir de las nueve de la noche el lugar donde trabajaban o mejor dicho, donde contactaban con sus clientes era un lugar desierto, únicamente pasaban vehículos pero nunca se paraban. Aprovechando esa circunstancia David depositó en unas cajas que utilizaban para descansar mientras esperaban a los clientes, una primera carta dirigida a Jeanne. En ella le explicó que quería conocerla porque le resultaba una persona enigmaticamente fascinante. Incluso le confesó que se le había ocurrido la idea de escribir un1ibro donde..Sería. protagonista y que el tema principal sería la dignidad de las personas que trabajan en la prostitución. Para ello le explicó que necesitaba información sobre su vida y sobre su oficio en general.

Al día siguiente María Circe descubrió el sobre que contenía la carta de David mientras guardaba la botella de agua y el bocadillo detrás de la caja porque había llegado un cliente en su 4×4 rojo, un tipo de vehículo muy de moda por el uso familiar que se le da. Por eso no es extraño encontrarlos aparcados en el centro de las grandes ciudades mientras transcurre la jornada laboral de los trabajadores de las oficinas más cercanas. La tranquilidad visitó la persona de David durante menos de dos horas desde que dejó la carta a Jeanne. Empezó a cuestionarse si la carta tenía posibilidades de ser descubierta por ella. Aunque la encontrase quién le garantizaba que la leyera y decidiera responderla. Dudas de este tipo impidieron que el sueño conquistase el cuerpo y la mente de David durante toda la noche. Esto era precisamente lo que no le preocupaba porque al día siguiente cuando la mayoría de las personas tenían que cumplir con sus obligaciones cotidianas, él libraba en el curro. Cuando se despertó en casa ya habían ­comido, su padre incluso ya había vuelto a trabajar por la tarde. Comió poco y cogió el coche para acercarse a la oficina de Jeanne. Consiguió verla pero no se atrevía a acercarse y preguntarle si había leído su cartas. Sus dudas se acentuaban en situaciones tensas como ésta. Prefirió esperar a la noche para visitar el lugar y hurgar en aquellas cajas donde ellas se sentaban. Recogió un sobre verde de un tamaño inferior al que él había depositado. Se moría de ganas de leer aquella carta pero la vergüenza le impidió hacerlo. Cuando llegó a casa la respuesta escrita de Jeanne le sorprendió enormemente. Maria Circe reaccionó positivamente a la propuesta que le había hecho.El verdadero objetivo de David no era únicamente conocer a aquella mujer tan misteriosamente atractiva, había llegado a una conclusión, lo que realmente quería hacer en su vida era escribir una novela de amor sobre una prostituta. En la carta David le pedía una serie de informaciones sobre su privacidad y su trabajo. La primera vez ella no le facilitó dicha información pero le dio las gracias por considerarla tan guapa al compararla con Jeanne Hebuterne. Además añadió que le parecía muy bien la idea de escribir aunque el tema le pareció un poco arriesgado porque pensaba que se habían creado muchos tópicos entorno a él. La sorpresa invadió doblemente el estado metafisico de David, por un lado la belleza de aquella señora, por otro la cultura que había demostrado tener al conocer a Modigliani y opinar sobre literatura. David estaba desconcertado pero pensó que había tenido mucha suerte. Decidió empezar a escribir su novela en ese mismo instante, aprovechando la inspiración inmediata, el silencio y la soledad de las noches encerrado en su habitación. Le dio un nuevo nombre a Jeanne que pasaría a ser la protagonista de sus escritos. Después de rechazar tres nombres que se le ocurrieron pensó que el más acertado seria María Dolores. Ese nombre caracterizaba dos aspectos que, según David, definían la vida de las prostitutas. El dolor, de verse obligadas a prostituirse, era la raíz del nombre Dolores y el desenfado superficial que debían aparentar aparecía representado en el diminutivo Lola. María Dolores tenía treinta y ocho años, dos hijos, y estaba casada desde hacía trece años con un cabrón de marido que le pegaba. Su motivación era ganar dinero para poder irse de casa con Beatriz y Fermín, de ocho y doce años respectivamente. David ya tenía los personajes principales de su novela pero le faltaba más información o nuevas dosis de inspiración proporcionadas por su Jeanne. Al día siguiente, nuevamente al anochecer, David depositó un nuevo escrito para Jeanne. Esta vez le insistió en que le proporcionase información sobre su vida privada, rogó que le revelase su nombre verdadero.

Moisés Ruiz

(Continuará)

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Soneto de vuelta y media

Publicado por desearte en Noviembre 17, 2006

Yo nunca supe mucho de sonetos,

de cálculos silábico-rimosos,

contar me resulta tan fatigoso

que podría convertirse en un reto.

 

Pero es que, el arte, no es un decreto

o mera y simple ecuación en reposo,

el arte se acerca más a un esbozo

que al retoque eterno sobre un boceto.

 

No quiero ser nota que desafina,

un pez alternativo de agua dulce,

ni esa bisagra que siempre rechina,

 

sólo oso hacer poesía que guste

y que al mismo tiempo sea divina.

Pero yendo de Bilbao a Santurce

 

vas a contracorriente y no es discreto,

es más pulcro, limpio,  y decoroso,

vender tú libertad por su respeto.

 

¡Pero saben los seres virtuosos

que antes caricatura que muñeco!

Y dejando el tono ceremonioso

 

os animo a conocer este cruce

dónde la métrica se une a la rima,

el ritmo simplemente se adivina

y oro es siempre lo que de oro reluce,

 

dónde labora, cincela, esculpe,

el poeta cuál minero en la mina,

no quiero decir que sin disciplina

pero sí sin corsé que le disguste.

 

Y este joven poetilla os anima

a hacer de vuestra vida arte jocoso,

convertidla en algo maravilloso,

que hacer el ridículo no os asuste.

 

Por eso os dedico este poemilla

y por eso os confieso su secreto:

es verso libre aprendiz de soneto.

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Eau de Sabine, o 223 asabinados versos, bastardos de tu buena letra

Publicado por desearte en Noviembre 17, 2006

Dicen que se ha visto al hombre del traje gris

caminando por calle melancolía,

dicen que ha perdido su mes de abril

en la última noche del decimonoveno día.

Mientras, en el boulevard de los sueños rotos

Barbie Superstar secaba sus ojos,

cuernos, cuernos, cuernos,

ciegos que juegan a hacerse daño.

Con dos camas vacías

y el corazón cerrado por derribo

mandó el mundo a la mierda

y se fue….. a dónde habita el olvido.

Pero como dos son mejor que uno

y siempre llueve sobre mojado

él dijo: “yo también sé jugarme la boca”

y ella gritó: “esta boca es mía”,

y a la sombra de un león

pensaron: “semos diferentes”.

Dicen que en los últimos asientos del furgón de cola

esa noche fueron noches de boda.

Y al otro lado del Atlántico, Dieguitos y Mafaldas

cantan tangos a Valdano,

y matan el hambre con su primo el Nano.

Han perdido su palco en el Colón,

confundieron estrellas con luces de neón,

y los que dijeron años ha: “vámonos pal Sur”

ven hoy marchar a sus hijos bañados en lágrimas de plástico azul.

Eso sí, después de cantarle el último blues a su escalera:

“Argentina, de sobras  sabes que eres la primera”.

Y que no se conviertan en ciudadanos cero,

que se parezcan al joven aprendiz de pintor,

que la negra noche no los convierta en pendejos,

que no pisen demasiado fuerte el acelerador,

que aprendan en las rebajas de enero

a evitar a los de “carguen, apunten, fuego”.

Al mismo tiempo alguien hace su inventario,

es un hombre de la calle,

podría ser tu vecino de arriba

o cualquier juez farsante con doble vida,

un telespañolito más que al fin y al cabo

nunca tuvo veneno en el corazón,

nunca quiso tener las manos de un soldado,

él solo quería ser una chica Almodóvar,

tener mil amores eternos,

jugar con su caballo de cartón,

beberse un güiski sin soda,

cantarle una balada a Tolito,

tomar el sol junto a Eva

mientras daban una de romanos,

huyendo siempre de los de Chicago,

llorando las penas del Fuencarral,

animando a la gente a escuchar a Pablo,

siendo más cristiano que el Papa en su adoración a Satán…..

pensando: “cuando era más joven,

allá por 1968

y rezaba siete crisantemos por mujer,

mi vida era un bolero triste,

una cabaña al otro lado del Edén,

¿recuerdas los besos con sal que me vendiste?

Los cambié por una torre de Babel.

Ahora vivo en la república feliz,

como decirte, como contarte,

que porfa: olvídate de mí,

porque ahora, a mis cuarenta y diez

sé quien es Caín, quien es Abel,

y juro por
la Biblia y el Calefón

que nos sobran los motivos,

que cualquier tiempo pasado fue peor.

Ahora canto el rap del optimista,

sufríamos incompatibilidad de caracteres,

con tu mala sombra a otros percebes,

yo soy cantante de autopista,

coge un taxi y piérdete de vista

y recuerda este delirium tremens:

incluso en estos tiempos, fútiles e ínfimos,

seremos como el sueño y la sed,

grandes enemigos íntimos”.

Y ella dijo: “Adiós, adiós,

si te he visto no me acuerdo,

aquí se termina esta función.

Por poner te pondré un por ejemplo:

me gustan todos menos tú,

te he dado mil besos de Judas

y voy a aprender clases de Kung Fu

para no ser Juana
la Loca.

Hay mil maneras de no quererte.

Bailaré el rocanrol de los idiotas

con el primer Rambo que se alegre de verme,

pisaré charcos con poca ropa…..

lloraré de rabia en las noches de tormenta.

Yo te hubiera vendido mi corazón de contrabando,

retratando a nuestra familia con perrito,

si no fueras tan, si no fueras tan…..”.

Se fue llorando, sin hacer ruido.

No permita la virgen

que lleguen las seis de la mañana,

te tiren la casa por la ventana

y derrumben tu muro de Berlín,

que es mentira que la verdad ofende,

más de cien mentiras lo consienten.

¡¡¡Que nadie juega por jugar,

que los conductores suicidas no son valientes,

que basta y sobra con ponerle un par,

que contigo los males son diferentes,

que la vida moderna nos sienta tan mal…..!!!!

“Más me hubiera valido saber todo esto”,

pensó Doña Pura

el día que entró por primera vez en el café de Nicanor.

Allí vio a Rosa de Lima

besando a Lolita en el mostrador,

y en la barra a Calixto

enseñando a Lázaro un menester:

juegos de azar de los más variopintos

entre dos amigos y una mujer.

Y el pequeño aprendiz, pasándolo bien,

avisa: “peligro de incendio…..

ya eyaculé”.

Sonaba Cecilia de fondo,

como siempre más guapa que cualquiera,

la canción más hermosa del mundo…..

Y bebiendo zumo de neón

llegó el capitán de la calle,

acompañado de Viridiana,

como un explorador de vulvas en un ginecólogo.

Sabía que allí era Gulliver.

Repartió besos en la frente entre los presentes

y se rascó con disimulo el huevo de Colón.

Sonaba el viejo blues de la soledad.

Llamó a Mónica, con tristeza:

“por favor, un traguito más”.

Y acabaron todos en 40 Orsett Terrace

cantando la canción de los (buenos) borrachos

y mirando fotos en blanco y negro;

“ahora que….. todavía somos muchachos

hagamos de las palabras cuerpos.

Quedaos a dormir,

me quedan camas vacías,

al fin y al cabo hay eclipse de mar

y mañana será otro día”.

Y como tomaron pastillas para no soñar

despertaron como un dolor de muelas,

volvían a ser peces de ciudad,

¿hasta cuando adoquines por las aceras?

Las arenas movedizas no son divertidas,

el tratado de la impaciencia es una quimera,

el tango del quinielista nace del alma,

a la orilla de la chimenea de una condena.

Y si amanece por fin,

si acaba la canción de las noches perdidas

y el pirata cojo se vuelve un figurín,

¿dónde quedarán las adivinanzas,

dónde los palos de ciego,

quién cantará bulerías en las ambulancias,

quién dirá a la tortuga que corra hacia el cielo?

Y si volvieran los dragones

cerrarían París Boulevard,

los dulces hoteles perderían habitaciones,

las mentiras piadosas pasarían por verdad,

y los ataques de tos en los corazones

se concatenarían a décimas de la oficina,

los ratones colorados son ratones de piscina

y no salvan a princesas si se ahogan el en mar.

Pero como esto no es un manual de héroes o canallas,

ocupen su localidad,

que les cuento los cuentos que yo cuento:

que somos aves de paso,

que donde dijimos digo decimos Diego,

que qué demasiao,

que aquí no hay pacto entre caballeros,

que estamos locos de atar,

que si gritan: “al ladrón, al ladrón”, nos giramos todos,

que cuando aprieta el frío nos calentamos a ostias,

que los perros del amanecer nos aleccionan en honra,

que vamos a mil por hora sin protección,

que como decimos una cosa decimos la o,

que de purísima y oro vestimos las formas

mientras ponemos medias negras a la conciencia,

que esta noche contigo,

que mañana la despedida,

que a vuelta de correo nos mandamos la lascivia,

que si tú bruja,

que si yo corazón de neón,

que si yo conocí a una mujer,

que si tú te enamoraste de un gorrión.

Como te extraño…..

Yo tengo ganas de…..

Además de egoístas no sabemos perder.

Pero basta ya de pesimismos,

todavía nos queda una canción de amor,

somos malditos, los humanos, pero benditos, al fin y al cabo,

no hay semana negra que dure más de siete días,

hasta
la Magdalena tiene su canción,

en la 69 punto G suena una melodía,

por el túnel de tus sueños te sonríe de nuevo la vida,

ni la frente marchita,

ni estamos como unos calcetines,

ni viene una ola de frío que nos encoja,

que el blues de la soledad aún no nos mofa,

que peor para el sol es una invitación a jugar.

Y llegó esa misma mañana una postal desde
la Habana:

“Eh, Sabina,

a ti que te lo haces,

a usted que le fue tan fácil,

le invito a un bombón helado

si me ayuda a convencer a mi pobre Cristina

de que no se marche de mi vida,

de que quiera soportar mi rap demoledor,

el viejo tic tac de mi viejo despertador”.

“Oiga, doctor,

yo me bajé en Atocha,

pongamos que cerca de Madrid,

ando ya de vuelta casi por Granada,

con una que se llama Soledad y que me ama,

tarareándome al oído el “así estoy yo sin ti”.

Qué te puedo yo decir si me han dado las diez

peleándome con mujeres fatal,

si ya no me sobran muñecas que regalen  besos,

si me plantó la princesita azul…..

¡pero aún recuerdo qué hermosas eran!

Así que para el caso de tu rubia platino

compra violetas para tu Violeta y regálaselas.

Sí, querido amigo, esta noche es tu oportunidad”.

Ring, ring, ring….. la esperanza llama a nuestra puerta.

Publicado en Creadores, José María Torres Muñoz | Deja un Comentario »