Nací en Riudellots de
la Selva, a la orilla clara de un río contaminado, en un verano sin sol ni calor de hace un tiempo. Un día sin luna quise viajar. Llegué a Barcelona y lo primero que hice fue hacerme comercial de calcetines de lujo, de aquellos ribeteados con dos raquetas de tenis cruzadas como una hoz y un martillo que en aquel entonces, aunque parezca mentira, estaban de moda, algo exquisito, indigno de cualquier pie por muy comunista que fuera. Viajé por toda Catalunya con un SEAT Ritmo que era un tanque de ojos saltones y un Hotel. Me sacaba un buen sueldo extra renunciando a dormir en camas y haciendo falsas facturas que cobraba a precios meridianamente inusitados. En mis largos paseos perdidos por tanto pueblos iba inventando situaciones que nunca se dieron. Amé sin medida a mujeres que nunca existieron pero que vi guiñándome el ojo desde las cunetas de las carreteras. Me enamoré de mi imaginación en cualquier espigón en el que dormía; luz de luna, silueta de coche-tanque-cuadrado, hasta las ruedas eran cuadradas, y yo dentro llorando de soledad y amor de imágenes con las que me quedaba dormido, envueltas en mis manos que acariciaban el aire viciado del interior del coche, acariciando pechos de cristal. Mientras rompían las olas.Pasé ese verano en Port del Mar, en uno de los viajes pude descubrir un precioso y aislado apartamento al borde del mar, el precio rondaba el dinero que había escatimado a mi decrépito jefe en hoteles a lo largo de los tres meses precedentes, era un chollo. Allí estaría todo el largo y aún soleado septiembre. En esa época es cuando me obsesioné con el rumor por el que Picasso con peluca veraneaba con Dalí en un chalet de la zona. Me pasaba horas buscando esa posibilidad y en cada casa creí verlo. Una vez a lo lejos, intuí en una terraza espectacular, en una tarde de esas aceleradas de finales de varano una reluciente gran cabeza calva con una camiseta a rayas llamó mi excitada atención obsesiva. Me acerqué gateando y excitado para poder ver mejor a ese símbolo vivo. Cuando llegué al lugar pensé que ambos estaban muertos hacía años y que aquello era una sombrilla solapada con una farola de globo y que Picasso estaba por allí con una peluca de incógnito y no meciendo su calva al viento de la tramuntana. Me vi agachado y reí, recuperé la cordura y la verticalidad un poco y cayó la noche y septiembre pasó y Picasso se me olvidó. En Port del Mar dejé un mes difuso, a medias entre una locura superficial y una verdad profunda. En Praga, al año siguiente, en enero, creo, pasé dos meses perdido de hostal en hostal creyéndome Kafka, creí estar relatado cíclicamente en un cuento que se me multiplicaba en mi imaginación, relato corto, “la condena”, que, en principio no debía de dar mucha mecha para buscarle las vueltas de tuerca más absurdas. No dejaba de dramatizar el diálogo con mi moribundo padre y lo veía insinuándose con sus partes impúdicas al aire, insultándome con desdén, diciéndome que mi amigo de San Petesburgo era fruto de mi imaginación hasta que al final me di cuenta que también lo era él. Pensé que mi padre había muerto muchos años antes de que yo naciese. De todas formas resultó que salía a las calles de Praga en aquel invierno de espanto, brumoso y tétrico, cuando la ciudad no era aún un parque de atracciones, vestido de negro, con un sombrero calado. Incluso mis orejas crecieron y se me alargó la cara. Enviaba cartas a una dirección de San Petesburgo en las que inventaba una vida entera. Al no encontrar mi identidad me acogí a la de Franz, me convertí en un escuálido injerto sin personalidad. Casi fui cucaracha. Durante unos días pensé en irme a Los Ángeles donde estaba seguro de encontrara a Adorno, Marcuse y Thoman Mann. Corría el año 41 y los nazis estaban al acecho de la cruz de David de mi raída gabardina. Conocí a S. de Mello, poetisa portuguesa en el exilio salazarista. Me contó un secreto; que se pasaba el día recitándose sus propios poemas y en silencio, como un rapsoda los variaba y mejoraba. Su obsesión hacía de ella una susurrante recitadora que por una cerveza te silbaba uno de sus poemas al oído. Un día me enamoré de uno de sus poemas y quise visitar Lisboa.
Lisboa com seu nome de ser e de não-ser
Com seus meandros de espanto e insônia e lata
E seu secreto rebrilhar de coisa de teatro
Seu conivente sorrir de intriga e máscara
Enquanto o largo mar a Ocidente se dilata
Lisboa oscilando como uma grande barca
Lisboa cruelmente construída ao longo da sua própria
ausencia.”
S. tenía alergia al Möet Chandon, en cuanto lo bebía le salían unas ronchas espectrales en la piel, se le hinchaba la cara y le costaba respirar, en su ahogo los ojos se le bañaban en lágrimas, pero lo más delirante y gracioso es que se le dibujaba una sonrisa en la cara y seguía bebiendo. Disfrutaba de aquel drama con delicadeza. Ni una queja. Decía que le daba un cuelgue muy limpio y además le salía barato, huelga decir que seguramente le parecería lo más de lo más tener alergia a una de las mejores marcas de champán. Era aristócrata como una diva e impostaba a una baronesa empobrecida adrede para no aburrirse en su palacio. Sus ojos saltones y su cuello de cisne, sus manos finas y limpias, blancas, me tocaron levemente durante un suspiro y ya nunca la olvidé.Durante mis últimas semanas en Praga me dio por una de mis estereotipias. Nunca la soporté, era una repetidísima manía que consistía en saludar como si acabase de terminar mi gran aria, pero no lo evitaba, en mi barroca e insolente mímica creía ser un divo como de Mello. Acabé teniendo urticaria en las sienes cuando bebía un buen cava catalán, yo siempre fui un plebeyo y muy de mi terruñera patria.En Londres, creo que fue para abril, cuando las aguas mil, sobretodo en la ribera del Támesis, decidí prostituirme, por pura necesidad, pero más por lascivia y perversión. Cobraba poco, casi nada, sin embargo, un poco por vergüenza un poco por pena cobraba algo. A aquellas señoras que mejor me caían, a Sara por ejemplo, se lo hacía gratis a cambio de que durmiese abrazado a mí. Por el día intentaba escribir hasta que me dio por espiar a mis espías. Sin duda me estaban persiguiendo, yo sabía cosas, no en balde era el descendiente directo de Jesucristo y María de la O. Maldije, al recuperarme, a los malos libros de pretendidos misterios zafios y mis disociadas mezclas mentales, porque no se puede hablar de mala literatura cuando una serie de escritos no pueden pasar más que por un libro. Acabé parándome en las zapaterías viendo en cada hueco de cada zapato un grito de terror angustioso, no podía apartar la vista de aquello a no ser que me viese reflejado en le cristal, entonces era peor, porque miraba intermitentemente mis dos perfiles y el izquierdo, para mi horror, era el de mi padre. Quise arrancarme ese trozo de cara en un episodio cerca de el Soho del que prefiero olvidarme. Vagabundeé en mayo, con sayo y cruzando el Támesis andando, di la bula eterna a los transeúntes con corbata roja; recluido en los recovecos de los portales de los que con las primeras luces era expulsado a puntapiés busqué un imposible. Me dijeron, ya en junio, que me habían ingresado porque desde una terraza a veinte metros del suelo me pasé horas desnudo, brazos en cruz, media cara arrancada y un corte en el pecho, preguntándole a papá porque me había hecho aquello, como respuesta me encasquetaron una camisa de fuerza y un tranquilizante de caballo con el que dormí treinta horas seguidas, pero ya me daba igual porque el tiempo ya había dejado de existir para mi de aquella forma en que se considera, en general, normal. Me rescató del sanatorio Margarita. Al salir no pude entender que hacía en Moscú, no pude evitar enamorarme, por culpa de ese maldito tic que tengo, de los ojos lánguidos de Margot. Me llamaban Maestro. Pero eso es otro libro y otra historia y ya está escrita.