Desearte, lo opuesto al arte

Revista cultural digital

Pequeño fragmento de soledad

Posted by desearte en noviembre 17, 2006

La soledad se enraizaba en las esquinas muertas de la casa. Sentada en la silla escuchaba pasar las horas herrumbrosas en su devenir mecánico de ruedecillas y engranajes. No encontraba ocupación que alejase aquel sopor, aquel letargo insoportable de su mente, ni las labores de casa, ni los paseos matutinos por el parque conseguían deshacer la penuria cotidiana de su rutina. Estaba sola. Su única hija la había abandonado hacía tiempo marchándose a buscar trabajo a otra ciudad dónde no tuviese la posibilidad de cercarla, ni de acompañarla. Nunca se llevaron bien, las disputas eran continuas entre ellas y de la nimiedad se tornaban pesadas como metales al punto que pasaban días hasta que una escuchaba la voz de la otra. La muerte del padre y su violencia desatada cuando llegaba borracho, agudizo la separación entre madre e hija hasta que al final la pequeña alcanzada la mayoría de edad decidió huir lejos. Los primeros quince días fueron terribles, el silencio sepulcral parasitaba el espacio ya no se oía el rumor de los pasos sobre la moqueta al despertar, ni el olor a café  que impregnaba la cocina cada mañana aunque lo compartiesen calladas, evitando el peso de las miradas.

En un gesto de ansiedad se levanto de la silla y fue recorriendo indolente las habitaciones recogiendo los pequeños fragmentos de vida que aún palpitaban en las paredes, las voces muertas, fantasmales se reproducían en su mente brumosas, punzantes de nostalgia. Ya nada era como antes. Poco a poco fue adentrándose en el estrecho pasillo que dividía la estancia en dos mitades. En la parte izquierda las puertas carcomidas accedían a las habitaciones minúsculas. Abrió la suya. Aún conservaba el calor que desprende el cuerpo humano al dormir se percibía el aroma de la persistencia, de la supervivencia. Cerró lentamente la puerta, al lado la otra puerta se hallaba dolorosamente abierta exhalando a borbotones el aire gélido de la ausencia, era una suerte de espacio muerto donde el tiempo se detuvo la misma madrugada que su hija cogió la pequeña maleta y abandono la casa. Observó con tristeza la cama perfecta, los armarios desnudos, los muñecos en el suelo inanimados… Cerró la puerta y volvió al comedor, la silla continuaba allí, esperándola paciente a que como siempre regresase a su regazo frío.    

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