Desearte, lo opuesto al arte

Revista cultural digital

La liebre

Posted by desearte en noviembre 18, 2006

El lobo observaba complacido el sufrimiento desesperado de la liebre, atrapada en un cepo que le desgarraba la pata. Fragmentado el pequeño hueso, la sangre resbalaba a borbotones a través de la herida infectada por los dientes oxidados de la trampa. Indolente, delicioso, saboreando aquella pieza lograda sin ningún tipo de esfuerzo el viejo cazador se iba acercando lentamente a la sombra del roble dónde se hallaba la liebre. Ésta aturdida por el dolor que se precipitaba punzante desde la pata a todo el cuerpo sólo acertaba a atisbar la deliciosa maleza que se extendía en derredor suyo y a la que acudió presurosa sin ser consciente del peligro humano.

A pocos metros escucho el paso pesado del depredador, percibió el aliento voraz, el hedor de la muerte cerca de su lomo y cómo pausadamente su verdugo acercaba sus colmillos al frágil cuello.

 

-Dime liebre cómo prefieres que te mate.¿ Golpeándote con la pata hasta que mueras, despedazándote con mi boca o inyectando mis colmillos sobre tu nuca hasta que te desangres?

 

La liebre que no era capaz de articular sonido lo miró con los ojos vencidos siendo consciente que la situación no era nada halagüeña, atrapada, con su pata rota, a merced de aquel lobo.

 

-Dime liebre ahora no puedes escapar veloz por las praderas. Ya no tendré que perseguirte, simplemente te tengo aquí dispuesto a devorarte sin esfuerzo.

 

La liebre escuchaba aquel gruñido feroz que era la voz de la muerte y en un último intento de preservación consiguió hablarle así al lobo

 

-Pero lobo tú eres famoso en todo el bosque por tus artes en la caza, ágil, veloz, hermoso en la persecución. Todos saben de tu pericia y de tu sangrienta victoria cada vez que consigues atrapar a una de nosotras. Dime lobo te conformarás con esta hazaña, apelo a la honradez de tu estirpe, a la dignidad que te distingue como cazador. Al menos desátame de este cepo y aunque sea con la pata rota dame la posibilidad de escapar, sé que es imposible compitiendo con tamaño rival así que concédeme esa gracia.

 

El lobo era consciente que en ambos casos conseguiría su propósito pero porqué debía gastar fuerzas, a lo mejor cuando le sobreviniese de nuevo el hambre se hallaría demasiado cansado como para perseguir una de aquellas deliciosas piezas que habitaban el bosque. No la devoraría allí mismo y luego se iría a refrescar al río.

 

-No lo haré liebre, te devoraré ahora.

 

La liebre apurada por las circunstancias observó posado en el roble un pequeño abejaruco que contemplaba toda la escena.

 

-¡Mira lobo! En aquella rama nos mira un pequeño pájaro. Testigo  de nuestro pleito ¿Quieres que sobrevuele todo el bosque anunciando tu miseria, arrastrándote al desprecio de tus hermanos y rivales, merece mi carne delgada tal desprestigio? Piénsalo lobo, puedes ser reconocido por tu honradez y valía. Además con mi pata rota no será difícil atraparme y tu fama quedará intacta.

 

El viejo lobo miró al pequeño pájaro y pensó que el abejaruco es de memoria frágil así que no le preocupó.

 

-No me asusta pues nada ha de recordar de tu muerte.

 

La liebre observó que revoloteaba irredenta entre las amapolas rojas una minúscula mariposa y señalo al lobo.

 

-A todas las criaturas del bosque agrada el vuelo de la mariposa y el espectáculo de sus alas. ¿Quieres que ella hable de tu falta?

 

La liebre notaba que las fuerzas le flaqueaban pero sabía que si lograba abrir el cepo la madriguera se hallaba apenas a unos metros, tendría una posibilidad. El lobo miró a la mariposa y supo que vivían muy poco tiempo y recorrían muy poca distancia con su vuelo. La noticia jamás recorrería el ancho y frondoso bosque y se perdería entre los pétalos de las rosas.

 

-No liebre, su voz es breve y escasa nadie la escuchará. Te mataré aquí mismo.

 

La liebre ya sentía los colmillos del viejo cazador acercándose a su cuerpo cuando vio al joven lobo heredero de la voracidad del lobo viejo aproximarse sigiloso atraído por el sabor de la sangre.

 

-Mira viejo cazador, por el bosque bajo se acerca el que ha de sustituirte. ¿Quieres que él vea el comienzo de tu declive, que juzgue que estás tan demasiado achacoso para perseguir a una liebre malherida?

 

El lobo observo a su contrincante a unos cincuenta pasos, trotaba lentamente hacia el roble mostrando sus colmillos poderosos. En ese instante dudo pues más que su fama le  enfadaba tener que compartir su presa con el joven lobo o bien pelear en la plenitud física de su rival. En aquel momento supo que si abría el cepo dejaba correr a la liebre unos metros y la cazaba sería sólo para él pues la ley de los voraces es inquebrantable en cuestiones de caza y la pieza cobrada en persecución es exclusiva de su dueño.

 

-Haré lo que tú deseas, te daré esa oportunidad pero sabes que te alcanzaré y mis colmillos se hundirán hambrientos en tu carne.

 

Así que el viejo lobo dirigió su mandíbula al cepo y con gran fuerza tiró de sus dientes hacia arriba. El hierro estaba un poco oxidado y costaba abrir su mecanismo. Poco a poco la liebre fue notando como la presión de los hierros iba menguando hasta que por fin pudo librarse. La pata estaba rota, ¿Aguantaría hasta la madriguera? La veía allí a unos metros de distancia con su oscuridad protectora deseosa de engullirla. En un gesto de instinto salió corriendo veloz mientras el lobo intentaba desembarazarse del cepo que se había encasquillado entre sus colmillos. El joven lobo al ver la liebre correr salió tras ella, veloz. La liebre notó el dolor intenso de su pata agudizado por las irregularidades del terreno piedras, raíces, huecos pensó que no lo conseguiría quedaban pocos metros para alcanzar la madriguera. Detrás no oía nada. No se atrevía a girarse, no quería ver como el lobo se acercaba raudo, recortando la vida, a su costado justo en perpendicular corría el joven lobo.

Recorría metros y metros, no sabía cuanto tiempo llevaba corriendo pero ya veía la madriguera delante suyo, el cobijo esperado ya percibía la humedad del subsuelo, el rumor de las aguas freáticas y la oscuridad indemne de su boca, cuando una punzada helada le sacudió en la nuca, sus patas ya no hallaban el suelo, apenas pataleaban alocadas al aire y sintió su sangre fluir por su lomo grisáceo. Extrañada, dolorida vio como la madriguera escapaba de su alcance veloz justo en la dirección opuesta y vio al viejo lobo internarse desnudo de presa entre las zarzas luego se cernió sobre sus ojos la oscuridad del bosque.

 Santi Jiménez

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