Desearte, lo opuesto al arte

Revista cultural digital

Archive for the ‘Raúl Matas’ Category

Vencido

Posted by desearte en noviembre 17, 2006

Vencido, en parte, por el fraude de mi vida,

Empantanado hasta las cejas de una hediondez Pútrida y macilenta.

Borrado por mi propia desilusión,

En medio de un charco de sombras que se abren anulándome.

Pero con la fuerza del que ya no caerá más allá del suelo,

Con el vapor del aliento de la vida que me queda.

Pensando que puedo recrearme en mi y en otros,

Que me puedo reir sinceramente, que aún puedo llorar,

Porque me quieren y porque no me quieren, o no tanto.

Aún puedo fumar un cigarro al terminar el postre

Y pasear por la ciudad bajo el sol un buen día de frío,

También puedo dormir en el ancho espejo de mis sueños,

Ocultarme en tristezas, agrandar mi sonrisa en hipocresía

Que crece y no asume que es falsa.

Puedo, en fin, perderme en el olvido de todos,

Sin duda me perderá algún día.

Es lo que tiene ser nada, que como todos desapareces,

Un día estúpido, un mal día que no tendrá amanecer siguiente.

Todavía no sé porque me quejo y lloro las lágrimas

De sal de siempre, pesadas hojas de árboles caídos, olvidados,

También ellos en algún día sin noche. Aburrida poesía que se olvidará,

por suerte,
un día,
para ser sinceros,
hoy,
qué poca vida tiene la mala poesía.

Raúl Matas

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El estigma de la enfermedad mental

Posted by desearte en noviembre 17, 2006

El enfermo mental es considerado hoy un lastre de la sociedad, un ser que da miedo porque en él nos vemos reflejados como en un espejo cóncavo, en él nos vemos cara a cara con al miedo de volvernos locos también. Nos reencontramos con la posibilidad de perder el contacto con nuestra amada e irreal realidad. El loco es aquel que, como decía Machado,vocifera a solas con su sombra y su quimera”. Es el que porta la marca y la señal, el estigma, el raro, el peligroso, el que se considera, sin serlo, un ser del que desconfiar y al que temer sin que sea nunca más o menos extraño o temible que cualquiera que nos crucemos cada ojerosa mañana en el metro.
De los estudios antropológicos de Mauss y Durkheim colegimos que aquellos que son considerados locos son, por definición, los que viven en los límites del pueblo o de la ciudad, en casas aisladas, como las brujas, lejos del lugar central en el que moran la mayoría. Al no estar controlados por el común de los normales son mirados con recelo, son exogrupo. Son personas que están en el límite, por ejemplo, de la edad normal; son locos y raros las viejas, los niños, el cine lo ha sabido explotar para dar mucho miedo. Todo aquel que no es típico, que no es masa, que está a las afueras, exento del control de los que son iguales, de la muchedumbre y también de la mediocridad es tachado de desconocido y por ende, extraño. Porque un loco era también Rimbaud, Höldering, Mozart o Becket, sin duda un loco puede ser un genio.
Lo peor es que un loco, un enfermo mental, un psicótico o un esquizofrénico sufre y hace sufrir a su entorno, entonces es cuando entran los profesionales con sus terapias y sus medicamentos más o menos acertados. Muchas veces a los enfermos metales se les estigmatiza desde los medios de incomunicación, y, como a los inmigrantes, otra clase de “outsiders” de la sociedad, se les recalca con énfasis su categoría de tales cuando cometen una tropelía. Y me pregunto si esos que matan a sus mujeres o maltratan a sus hijos no son menos enfermos mentales que aquellos que están etiquetados como tales por un presunto profesional. Así hay políticos, aritistillas, programas de televisión, absurdas costumbres consumistas como la del día del abuelo, el roscón de reyes o la navidad, que se podrían calificar de locuras, pero como la mayoría de personas los ven, los creen y lo compran son normales. Parándonos a pensar la racionalidad de las cosas llegaríamos a la conclusión de que nos pasamos el día cometiendo locuras objetivas como levantarse a las siete de la mañana para trabajar, ir al gimnasio compulsivamente, comprarnos un coche determinado, tomar rayos uva, cantar el cumpleaños feliz con cara de lelos, comer con cubiertos, escuchar las noticias y ¡creérnoslas¡ o celebrar un gol como si celebráramos nuestra propia supervivencia vital.Los medicamentos son fundamentales para evitar que el delirio se dilate en el tiempo y pueda ser peligroso para la integridad del enfermo o los demás, todos estamos de acuerdo en el poder de la medicina en este aspecto. Lo no deseable es el abuso y la creencia que sólo con medicamentos se ayuda a esta gente. Las terapias de apoyo por parte de profesionales son imprescindibles para sobrellevar enfermedades que en muchos casos son para toda la vida, hay que enseñarles como manejar las situaciones y prepararse cuando las pistas les dicen a los enfermos y sus familias o entorno que un brote puede llegar. Pero no podemos quedarnos aquí, después esta gente tiene que integrarse en la sociedad y debe haber mecanismos para ello. Se necesita toda una red de hospitales de día, de centros especiales, de cursos profesionales, de empresas que los contraten. No son el detritus de la sociedad que se pueda encerrar en un manicomio, deben formar parte de la sociedad, que, en parte, los enloqueció, el sistema no los debe desechar sino hacerlos servir de combustible con una serie de mecanismos integradores, dentro de las limitadas o no tan limitadas capacidades de cada enfermo. Machado al final del poema de “el loco” se pregunta quién está más loco;“No fue por una trágica amargura
esta alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: la cordura,
la terrible cordura del idiota.”
Para acabar quisiera, ya que hoy me siento especialmente poético, reescribir aquí una poesía que escuché hace poco en la radio, en “radio Nicosia”, un programa hecho por enfermos mentales a imitación de otro experimento argentino en el que tan bien son capaces de explicar sus miedos y sus filias, sus fobias, las preocupaciones y preguntas que los “sanos” también nos hacemos. Me pregunto en este punto que quizás un loco no sea más que alguien con una sensibilidad mayor, aunque pienso que este matiz genial de la locura ya le fue otorgado en otro tiempo a la tuberculosis, la enfermedad de la bohemia, de la poesía, que por desconocida era tributaria de ser considerada una hipotética consecuencia de la ultrasensibilidad del alma. Hasta que se descubrió que detrás de ella había un prosaico bacilo. Entonces otra enfermedad de incierta naturaleza, la locura, se convirtió en la tisis del cerebro.
Os dejo con la poesía de la princesa Inca, sin su permiso me permito reproducir las palabras que le dedica a un psiquiatra;
“No tienes derecho a decirme si debo o no debo,
Nadie es más que nadie,
Ni tus libros me valen porque yo tengo los míos
Y a veces no hay libros.
Que la vida es observar
Y notar como duele esa misma vida
En el origen profundo de las venas,
Dejar que te voltee y te hunda,
Mirar si tiene la forma de una ciudad
que visitaste hace años
y que queda en el recuerdo
no tienes derecho a decirme si soy o no soy
porque ser nadie sabe,
que todos somos miedo y alegría
y a la vez agua y hastío
no tienes derecho, jamás,
a decirme si valgo o no
porque no hay números en le alma
ni pastillas para el alma
no hay precio aunque insistan
vendiéndonos en cada esquina,
no tienes derecho, tú, jamás,
a ser yo”

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Historia de una locura

Posted by desearte en noviembre 17, 2006

Nací en Riudellots de
la Selva, a la orilla clara de un río contaminado, en un verano sin sol ni calor de hace un tiempo. Un día sin luna quise viajar. Llegué a Barcelona y lo primero que hice fue hacerme comercial de calcetines de lujo, de aquellos ribeteados con dos raquetas de tenis cruzadas como una hoz y un martillo que en aquel entonces, aunque parezca mentira, estaban de moda, algo exquisito, indigno de cualquier pie por muy comunista que fuera. Viajé por toda Catalunya con un SEAT Ritmo que era un tanque de ojos saltones y un Hotel. Me sacaba un buen sueldo extra renunciando a dormir en camas y haciendo falsas facturas que cobraba a precios meridianamente inusitados. En mis largos paseos perdidos por tanto pueblos iba inventando situaciones que nunca se dieron. Amé sin medida a mujeres que nunca existieron pero que vi guiñándome el ojo desde las cunetas de las carreteras. Me enamoré de mi imaginación en cualquier espigón en el que dormía; luz de luna, silueta de coche-tanque-cuadrado, hasta las ruedas eran cuadradas, y yo dentro llorando de soledad y amor de imágenes con las que me quedaba dormido, envueltas en mis manos que acariciaban el aire viciado del interior del coche, acariciando pechos de cristal. Mientras rompían las olas.Pasé ese verano en Port del Mar, en uno de los viajes pude descubrir un precioso y aislado apartamento al borde del mar, el precio rondaba el dinero que había escatimado a mi decrépito jefe en hoteles a lo largo de los tres meses precedentes, era un chollo. Allí estaría todo el largo y aún soleado septiembre. En esa época es cuando me obsesioné con el rumor por el que Picasso con peluca veraneaba con Dalí en un chalet de la zona. Me pasaba horas buscando esa posibilidad y en cada casa creí verlo. Una vez a lo lejos, intuí en una terraza espectacular, en una tarde de esas aceleradas de finales de varano una reluciente gran cabeza calva con una camiseta a rayas llamó mi excitada atención obsesiva. Me acerqué gateando y excitado para poder ver mejor a ese símbolo vivo. Cuando llegué al lugar pensé que ambos estaban muertos hacía años y que aquello era una sombrilla solapada con una farola de globo y que Picasso estaba por allí con una peluca de incógnito y no meciendo su calva al viento de la tramuntana. Me vi agachado y reí, recuperé la cordura y la verticalidad un poco y cayó la noche y septiembre pasó y Picasso se me olvidó. En Port del Mar dejé un mes difuso, a medias entre una locura superficial y una verdad profunda. En Praga, al año siguiente, en enero, creo, pasé dos meses perdido de hostal en hostal creyéndome Kafka, creí estar relatado cíclicamente en un cuento que se me multiplicaba en mi imaginación, relato corto, “la condena”, que, en principio no debía de dar mucha mecha para buscarle las vueltas de tuerca más absurdas. No dejaba de dramatizar el diálogo con mi moribundo padre y lo veía insinuándose con sus partes impúdicas al aire, insultándome con desdén, diciéndome que mi amigo de San Petesburgo era fruto de mi imaginación hasta que al final me di cuenta que también lo era él. Pensé que mi padre había muerto muchos años antes de que yo naciese. De todas formas resultó que salía a las calles de Praga en aquel invierno de espanto, brumoso y tétrico, cuando la ciudad no era aún un parque de atracciones, vestido de negro, con un sombrero calado. Incluso mis orejas crecieron y se me alargó la cara. Enviaba cartas a una dirección de San Petesburgo en las que inventaba una vida entera. Al no encontrar mi identidad me acogí a la de Franz, me convertí en un escuálido injerto sin personalidad. Casi fui cucaracha. Durante unos días pensé en irme a Los Ángeles donde estaba seguro de encontrara a Adorno, Marcuse y Thoman Mann. Corría el año 41 y los nazis estaban al acecho de la cruz de David de mi raída gabardina. Conocí a S. de Mello, poetisa portuguesa en el exilio salazarista. Me contó un secreto; que se pasaba el día recitándose sus propios poemas y en silencio, como un rapsoda los variaba y mejoraba. Su obsesión hacía de ella una susurrante recitadora que por una cerveza te silbaba uno de sus poemas al oído. Un día me enamoré de uno de sus poemas y quise visitar Lisboa.

Lisboa com seu nome de ser e de não-ser
Com seus meandros de espanto e insônia e lata
E seu secreto rebrilhar de coisa de teatro
Seu conivente sorrir de intriga e máscara
Enquanto o largo mar a Ocidente se dilata
Lisboa oscilando como uma grande barca
Lisboa cruelmente construída ao longo da sua própria
ausencia.”

S. tenía alergia al Möet Chandon, en cuanto lo bebía le salían unas ronchas espectrales en la piel, se le hinchaba la cara y le costaba respirar, en su ahogo los ojos se le bañaban en lágrimas, pero lo más delirante y gracioso es que se le dibujaba una sonrisa en la cara y seguía bebiendo. Disfrutaba de aquel drama con delicadeza. Ni una queja. Decía que le daba un cuelgue muy limpio y además le salía barato, huelga decir que seguramente le parecería lo más de lo más tener alergia a una de las mejores marcas de champán. Era aristócrata como una diva e impostaba a una baronesa empobrecida adrede para no aburrirse en su palacio. Sus ojos saltones y su cuello de cisne, sus manos finas y limpias, blancas, me tocaron levemente durante un suspiro y ya nunca la olvidé.Durante mis últimas semanas en Praga me dio por una de mis estereotipias. Nunca la soporté, era una repetidísima manía que consistía en saludar como si acabase de terminar mi gran aria, pero no lo evitaba, en mi barroca e insolente mímica creía ser un divo como de Mello. Acabé teniendo urticaria en las sienes cuando bebía un buen cava catalán, yo siempre fui un plebeyo y muy de mi terruñera patria.En Londres, creo que fue para abril, cuando las aguas mil, sobretodo en la ribera del Támesis, decidí prostituirme, por pura necesidad, pero más por lascivia y perversión. Cobraba poco, casi nada, sin embargo, un poco por vergüenza un poco por pena cobraba algo. A aquellas señoras que mejor me caían, a Sara por ejemplo, se lo hacía gratis a cambio de que durmiese abrazado a mí. Por el día intentaba escribir hasta que me dio por espiar a mis espías. Sin duda me estaban persiguiendo, yo sabía cosas, no en balde era el descendiente directo de Jesucristo y María de la O. Maldije, al recuperarme, a los malos libros de pretendidos misterios zafios y mis disociadas mezclas mentales, porque no se puede hablar de mala literatura cuando una serie de escritos no pueden pasar más que por un libro. Acabé parándome en las zapaterías viendo en cada hueco de cada zapato un grito de terror angustioso, no podía apartar la vista de aquello a no ser que me viese reflejado en le cristal, entonces era peor, porque miraba intermitentemente mis dos perfiles y el izquierdo, para mi horror, era el de mi padre. Quise arrancarme ese trozo de cara en un episodio cerca de el Soho del que prefiero olvidarme. Vagabundeé en mayo, con sayo y cruzando el Támesis andando, di la bula eterna a los transeúntes con corbata roja; recluido en los recovecos de los portales de los que con las primeras luces era expulsado a puntapiés busqué un imposible. Me dijeron, ya en junio, que me habían ingresado porque desde una terraza a veinte metros del suelo me pasé horas desnudo, brazos en cruz, media cara arrancada y un corte en el pecho, preguntándole a papá porque me había hecho aquello, como respuesta me encasquetaron una camisa de fuerza y un tranquilizante de caballo con el que dormí treinta horas seguidas, pero ya me daba igual porque el tiempo ya había dejado de existir para mi de aquella forma en que se considera, en general, normal. Me rescató del sanatorio Margarita. Al salir no pude entender que hacía en Moscú, no pude evitar enamorarme, por culpa de ese maldito tic que tengo, de los ojos lánguidos de Margot. Me llamaban Maestro. Pero eso es otro libro y otra historia y ya está escrita.

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